Con lo aprendido, quise probarme con un reto: llevar *The Elder Scrolls: Arena* al navegador. No era por nostalgia, sino para que mis amigos pudieran sentir esa atmósfera de los juegos de los noventa: gráficos pixelados, interfaz sencilla y un mundo enorme que no te explica todo de inmediato.
Pensé que sería fácil. Pero para jugar al original había que instalar programas, ajustar cosas y manejar archivos poco amigables. Para alguien acostumbrado a Steam y pantallas táctiles, eso no invita a jugar: es una barrera.
Entonces me pregunté: ¿se puede compartir esta experiencia sin obligar a nadie a pasar por todo eso? ¿Puedo hacer algo que se abra en el navegador con un clic y que yo mismo pueda mantener? No quería copiar *Arena* ni ganar dinero. Solo quería una respuesta práctica y probar mis límites con ayuda de la inteligencia artificial, sin que ella hiciera todo por mí.
Mi idea era crear algo ligero que funcionara en cualquier navegador, incluso en un teléfono. Sin instalaciones complicadas. Abrir y jugar.
Construirlo fue más difícil de lo que creía. Un pequeño error podía hacer que las paredes desaparecieran, que todo se viera deformado o que la pantalla quedara negra. Mi nivel no era experto. Usé la IA como copiloto: no para que lo resolviera todo, sino para entender mejor los problemas.
Recuerdo la emoción de ver las primeras líneas en pantalla. Eran paredes sencillas, pero algo ya funcionaba. Luego vinieron más retos: distintas alturas, agua, puertas y errores difíciles de corregir. Cada arreglo era una pequeña victoria.
La IA me ayudó a entender que alguien con conocimientos intermedios puede construir cosas que parecen reservadas para equipos grandes. Pero también aprendí que no reemplaza el conocimiento ni el tiempo. Puede explicar y proponer, pero alguien tiene que probar, corregir y entender qué falla.
Después quise que el proyecto se pareciera de verdad a *Arena*. Necesitaba los datos originales: las mazmorras, los edificios y las 65 ciudades. Encontré un proyecto de otras personas que merece respeto, pero mis conocimientos no alcanzaban para aprovecharlo como quería. Intenté sacar esos datos automáticamente y no pude. La alternativa era hacerlo a mano: recorrer cada ciudad, tomar capturas, unir imágenes y redibujar cada calle. Era demasiado para una sola persona.
No abandoné el proyecto. Solo acepté que en ese momento no podía con todo.
Hoy está detenido, no muerto. Tengo una versión pequeña que funciona y una idea clara de lo que falta. Hay dos caminos: encontrar una forma automática de usar los datos originales o crear un mundo nuevo con mis propios mapas, personajes e historia. La segunda opción también me interesa.
Fue una experiencia valiosa. Me acercó a un clásico y me enseñó cuáles son los límites reales de la IA.
El proyecto descansa, pero no está muerto. Algún día, con más tiempo o ayuda, esas 65 ciudades podrían convertirse en un mundo que cualquiera pueda explorar desde su navegador.
Gracias por leer hasta aquí. Si llegaste al final, déjame un comentario. Me gustaría saber qué te pareció.
Att: Franklin La Cruz
Nota: este artículo fue redactado con ayuda de IA, pero bajo mi supervisión y aprobación. Recomiendo evitar hacerlo así: perdí más tiempo corrigiendo que escribiendo.
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